III
Cuando desperté noté la presencia de los huéspedes en la casa pues caminaban por los pasillos con dirección al comedor. Aún entredormida escuchaba desde mi cama las voces de las personas que paseaban frente a mi puerta así que tomé la decisión de levantarme y ponerme activa. Lo primero que hice al bajar de mi cama y estirarme un poco fue abrir la puerta del balcón para que la calidez de la mañana inundara de vida la habitación; después de eso, tendí mi cama, me bañé y bajé en busca de algo para comer. Las clases en el monasterio aún no comenzaban pues estábamos durante el período conocido como “Inacción de esparcimiento” por lo cual mi intención era conocer un poco más el pueblo para así familiarizarme con los distintos lugares de los que haría uso durante mi estancia en él.
Al bajar sentí una extraña presión social pues muchas de las personas en el comedor eran jóvenes, a decir verdad casi todos tenían edades menores a los 20 años. Sin pensarlo mucho y como era usual en mí, bajé la mirada al piso y caminé despacio hasta la cocina. Una vez allí le di un cariñoso buen día a la señora Rhya, cogí un plato con algo que parecía ser algún cereal y con la cuchara en la otra mano me dispuse a buscar un lugar cerca de una ventana, donde pudiera estar sola, lo cual era mi preferencia ya que nunca fui buena para socializar.
Mientras caminaba entre las mesas del salón principal percibí las miradas de unos cuantos sobre mí, sin embargo no presté mucha atención pues si lo hacía podía dejar caer lo que en las manos llevaba. Miré hacia el fondo del salón encontrando solo en una mesa cerca de la ventana más apartada del lugar, al caballero de la noche anterior. Sin darme cuenta mis mejillas se habían ruborizado un poco provocando que una tierna sonrisa se posara sobre mis labios. En ese momento el joven que había mirado recién, clavó su mirada en mí logrando que inconscientemente me acercara a su mesa.
-¡Buenos días!, me dijo mientras mantenía su mirada fija en mi rostro.
-¡Buenos días!, le dije aún algo ruborizada.
-¿Cómo pasaste la primera noche?
-Bien, descansé lo suficiente después del largo viaje de ayer.
-Me alegra mucho escucharlo. Mmm, ahora que lo dices, ¿de dónde vienes?
-Mi lugar nativo es el oeste de Prontera pero cuando era todavía una niña, me mudé a Payon con mi padre.
-¡Vaya!, ese es un largo camino. ¿Venías sola?
-En teoría no, caminé hasta aquí con una caravana de mercaderes quienes tenían el objetivo de vender unas cosas en la capital de Rune Midgard y luego partir a la ciudad puerto como ellos le llaman, supongo que se refieren a Alberta.
-En efecto, esa es la famosa ciudad del comercio marítimo.
Un pequeño silencio invadió nuestro espacio mientras degustábamos el desayuno preparado por Rhya, mientras en las otras mesas el platillo principal eran las risas y conversaciones de múltiples temas, yo destiné mi atención al hecho de investigar los trabajos de los jóvenes que en el lugar se encontraban. En realidad encontré de todo, desde jóvenes arqueros hasta forjadores de armas. Había de todas las clases, incluso encontré sacerdotes y monjes de niveles más avanzados al mío. Por otra parte y en el extremo opuesto al recinto, se hallaban los fuertes caballeros de pesadas armaduras, unos eran meramente caballeros y otros tantos eran cruzados los cuales con su formidable fuerza y voluntad servían a la Iglesia Católica.
Entre tanto, me dispuse a observar con cuidado y disimulo a mi compañero de mesa. Como ya lo mencioné el muchacho aparenta tener unos 17 años, tiene un rostro dulce y una mirada entre profunda, tierna y amenazante –no conmigo, desde luego-. Tiene el cabello oscuro, largo y lacio, su piel es tan clara como la mía y sus ojos hacen juego con la misma pues son del color del ébano. Mientras terminaba de “analizarlo” por así decirlo, noté la perfección de sus cejas y lo afilado de sus ojos. Al cabo de unos segundos y sin explicación o motivo alguno, mis ojos descendieron desde los suyos hasta sus labios. Eran lindos y a pesar de que nunca me había fijado tanto en los detalles de su género, los llegué a considerar atrayentes incluso seductores. Dicha palabra: seductores, resonó en mi cabeza por al menos dos segundos haciendo que inevitablemente, mis mejillas se tiñeran con el suave tono carmín de siempre.
-¿Qué sucede?, dijo mientras me miraba fijamente.
Bajé avergonzada los ojos y encogí mis hombros.
-Nada, dije finalmente.
Al decir eso, acercó su mano derecha a mi barbilla con la intención de levantarla para que lo mirara pero justo cuando su mano estaba a escasos milímetros de mí, alcé la mirada y la clavé justo en la suya.
-¡Qué lindos ojos tienes!, dijo finalmente al verme sonrojada.
Quedé atónita, sin habla y sin aire. Respiré profundamente y quité mi oscura mirada de sus ojos azabaches.